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La violencia en el delito de robo además de su sentido primario de fuerza física corporal también cabe incluir dentro de su concepto el de “vis absoluta” que produce la anulación funcional de la consciencia y de la voluntad, como la narcosis o la hipnosis, ya que en estos casos desaparece cualquier posibilidad de oposición al despojo. Se dice que añadir sustancia estupefaciente al whisky no constituye la violencia o intimidación exigida por tal norma para penar esta clase de robo, si bien es cierto, señalan nuestros Abogados Penalistas que la violencia puede hacer mutar el delito hacia un delito de robo con fuerza.

El Ministerio Fiscal se opone a tal alegación con cita de dos sentencias de esta sala, las 2442/1992 y 2395/1993 que, terciando en la polémica doctrinal existente sobre esta materia, afirman que el suministro de narcótico a una persona valiéndose de este medio para privarla del conocimiento y así poder apropiarse de cosas muebles ajenas constituye la violencia contra las personas propia de esta clase de infracción penal. Con el argumento siguiente: “Es puramente accidental que se use un medio químico (narcótico, gas) en vez de mecánico; el fin perseguido y el resultado alcanzado son los mismos: anular tanto su defensa como su huida y su petición de socorro; toda acción de la víctima renuente a ser despojada. La administración de un narcótico que la inmoviliza (tanto o más que se la atara) es una agresión lesiva no inferior al forcejeo, ligaduras, empujones, etc”. La repetición del delito de robo hace entrar a aplicar la agravante de delito continuado.

La intimidación consiste en el anuncio o conminación de un mal inmediato grave personal que despierte en la persona que lo sufre o inspire en dicha persona un miedo angustia o desasosiego que motive la entrega del objeto al sujeto activo, se refiere al ataque personal que no implica aplicación de fuerza sobre la víctima, al ser el tratamiento de la “vis compulsiva” igual en un caso y en otro no se plantean problemas de delimitación de uno y otro concepto. Lo que resulta difícil delimitar es el límite mínimo de la intimidación. Para ello hay que acudir a equilibrar dos conceptos: uno objetivo la entidad compulsiva o coactiva de la coacción recibida y otro subjetivo la mayor o menor sensibilidad o propensión a doblegarse que tenga la víctima. Se puede hablar también de intimidaciones psicológicas que aprovechan las circunstancias de lugar, tiempo y sujetos intervinientes, así una mera frase “dame lo que tengas” proferida por varios jóvenes a un anciano o menor en lugar apartado es mas que suficiente para integrar el tipo sin necesidad de que la frase contenga expresión amenazante alguna.

Al no quedar la intimidación objetivada, y requerir el temor ser «racional y fundado», esa exigencia no se colma tampoco en el presente caso, pues de lo contrario se haría depender exclusivamente de la actitud de las victimas, pues como se ha dicho no se recoge en los hechos probados en qué consistió la intimidación. En el caso de autos, el acusado no profiere ninguna frase intimidatoria ni despliega ningún gesto, comportamiento o actitud del que poder deducirla. Tampoco describe alguna circunstancia concurrente a la que se pueda atribuir idoneidad para provocar un efecto inhibitorio buscado de propósito.